Hoy estuve mirando fotos de cuando vivía en Madrid.
Cada vez que hecho un vistazo a estas fotografías a menudo me pregunto cómo he tenido el valor de salir con semejantes pintas a la calle, con unas rastas enormes, con 20 piercings en la cara... Me estoy dado cuenta de que a mi corta edad se cambia radicalmente de la noche a la mañana. Cambias de peinado, de forma de vestir, de casa, de trabajo, de novio... Todo ocurre tan rápido que no te da tiempo a pensar en qué es lo que ha pasado para que un día decidieses tirar aquella camiseta que tanto te gustaba pero que daba pena verla de lo vieja que estaba.
Yo he cambiado mucho, muchísimo. Con 18 años cogí mis pocos bártulos, salí de mi pequeña ciudad (A Coruña) y me mudé a Madrid. Sola. Sin amigos. Sin familia. Cuando echo la vista atrás, pienso en cómo pude hacerlo sin pensarlo ni un solo minuto, de un día para otro y con un par de cojones bien puestos. Llegué a esa gran ciudad, busqué apartamento y busqué trabajo; y diseñé mi nueva vida, de la cual no tenía ni un triste boceto cuando llegué. Ahora es diferente. A veces tengo miedo. Miedo a que las cosas no salgan como yo había planeado, miedo a no encontrar trabajo, miedo a tener miedo de todo. A veces me pregunto que fué de aquella Nuria que le importaba todo una mierda y que hacía las cosas a causa de un arrebato o un impulso.
Puede que sea hora de dejar de preguntarme dónde está esa Nuria y salir a recuperarla, cueste lo que cueste.
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